Ella pintaba amapolas, llenaba la habitación de cientos de ellas,
enternecía el colchón,
se adentraba en mi cintura,
rellenaba el basto hueco de mi espalda,
reservaba el aire que nos faltaba,
dosificaba la energía que sabia nos hallaba.
Ella susurraba, verbos conjugados que deshacían cualquier iceberg,
una lengua desconocida que desconocía hasta su propio conocer,
lengua que conocía lo que ni siquiera yo advertía desconocer,
unos labios que pronunciaban como nadie antes supo hacer,
pues ella hacía lo que otros deshacían, y deshacía lo que algunos ni tan siquiera supieron inventar.
Ella era nostalgia, ella derrochaba sensualidad, ella no oyó hablar de casualidades, y es ella a la que llaman premeditar.
Era ella mi mente templada, el punto exacto de equilibrio, la pizca de sal correcta.
Sería de locass que siguiera hablando en un pasado cuando aun existe presente y ansiado saber del futuro.
Creo que debiéramos callarnos y que hablen los versos
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