martes, 6 de mayo de 2014

DIEZ AÑOS PARA DOS SEGUNDOS

Se miraron y con el alma en un puño aferrado al adiós, contuvieron las lágrimas que marchitaban sin cesar, dejando lugar al olvido y otro tanto al efímero recuerdo.
Dolor, dolor era la palabra justa, precisa, que desbordante y palpable infestaba aquella habitación color salmón con vasos color carmín. Mientras, aquella señora que de carácter altivo y con aires de buena desenvoltura apuraba la copa de vino, el  cigarrillo  yacía obsoleto en el cenicero. El humo, testigo de todo, se esparcía igual que aquella relación.
 No eran citas de Borges lo que aquella tarde escuchó el vecindario, ni percibió el olor a gardenias impregnado en las cortinas.
Una vida entera construida en diez años y que se deshace en dos segundos, tras el portazo rotundo con el que concluía el concierto de, “tú me has” y “yo te he”, nuestra protagonista Daniela.
Por entonces, un disco de Adriana Varela sonaba despreocupado, nadie le prestaba  atención.
Mariela, aquella mujer de origen cubano, de cabello rizado y teñido, de pechos exuberantes y piernas de infarto, de aspecto desalmado, esperaba paciente sentada en el sofá, a que aquel hombre pagara lo que debiera, mientras tanto se encendía el último porro de la tarde, más bien anocheciendo.
La noche fresca y la brisa del mar aireaban a Daniela, que permanecía distante, ojeando la salida de un ferry desde el puerto de Barcelona, ideando el modo perfecto de escape de dichoso lugar.
Con la mente nublada paseaba por las ramblas camino de la Boquería. Con paso firme, puño cerrado, ceño fruncido y derramando lágrimas que  salían despedidas, escupiendo maldiciones grotescas, contra esta pasada tarde.
Se detenía a hurtadillas y miraba con recelo a las parejas que, embelesadas observaban cada mimo que posaba por la calle de la magia barcelonesa, festejaban su amor, llovían besos empalagosos y cohetes coloridos sonaban en la calle, claro está que, en la cabeza de nuestra protagonista tronaban como si de una horrible tormenta eléctrica se tratase.
 Poco a poco pesaban más los pensamientos y el frío no pasaba desapercibido, un obstáculo más que añadir a esta fatídica situación, el vodka tampoco ayudaba; no, no ayudaba.
Y progresivamente la luz del Lorenzo se alzaba como un rey, majestuoso, que supo hipnotizar a todo transeúnte, que dicha madrugada pintaba bajo el insomnio, un millón de sueños en las baldosas y otros tantos esputos entre adoquines.


Pronto las decisiones bombardearon la resacosa, cansada y náufraga cabeza de Daniela que, tras una noche divagando por la ciudad, supo que debía hacer frente. No podría abandonar sus pertenencias ni tampoco dar la espalda a la conversación citada a voces, sabía que, ya era hora de dibujar una sonrisa y de emborracharse de positividad. ¿Qué será difícil? Obvio, pero nadie dijo que no lo fuera.
Y fue ahí, dónde una mujer feliz durante diez años, en una transición de dos segundos se convirtió en la mujer más desamparada, desdichada  y cuidada por la contaminación de la gran ciudad para luego volver a ser, la misma mujer feliz, pero con diferente propósito, emprendedora de su propia vida.
Una vez más, perdió la guerra el “quiso y no pudo”.

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