Se miraron y con el
alma en un puño aferrado al adiós, contuvieron las lágrimas que marchitaban sin
cesar, dejando lugar al olvido y otro tanto al efímero recuerdo.
Dolor, dolor era la
palabra justa, precisa, que desbordante y palpable infestaba aquella habitación
color salmón con vasos color carmín. Mientras, aquella señora que de carácter
altivo y con aires de buena desenvoltura apuraba la copa de vino, el cigarrillo yacía obsoleto en el cenicero. El humo,
testigo de todo, se esparcía igual que aquella relación.
No eran citas de Borges lo que aquella tarde
escuchó el vecindario, ni percibió el olor a
gardenias impregnado en las cortinas.
Una vida entera
construida en diez años y que se deshace en dos segundos, tras el portazo
rotundo con el que concluía el concierto de, “tú me has” y “yo te he”, nuestra
protagonista Daniela.
Por entonces, un disco
de Adriana Varela sonaba despreocupado, nadie le prestaba atención.
Mariela, aquella mujer
de origen cubano, de cabello rizado y teñido, de pechos exuberantes y piernas
de infarto, de aspecto desalmado, esperaba paciente sentada en el sofá, a que aquel
hombre pagara lo que debiera, mientras tanto se encendía el último porro de la
tarde, más bien anocheciendo.
La noche fresca y la
brisa del mar aireaban a Daniela, que permanecía distante, ojeando la salida de
un ferry desde el puerto de Barcelona, ideando el modo perfecto de escape de
dichoso lugar.
Con la mente nublada
paseaba por las ramblas camino de la Boquería. Con paso firme, puño cerrado,
ceño fruncido y derramando lágrimas que
salían despedidas, escupiendo maldiciones grotescas, contra esta pasada
tarde.
Se detenía a
hurtadillas y miraba con recelo a las parejas que, embelesadas observaban cada
mimo que posaba por la calle de la magia barcelonesa, festejaban su amor,
llovían besos empalagosos y cohetes coloridos sonaban en la calle, claro está
que, en la cabeza de nuestra protagonista tronaban como
si de una horrible tormenta eléctrica se tratase.
Poco a poco pesaban más los pensamientos y el
frío no pasaba desapercibido, un obstáculo más que añadir a esta fatídica
situación, el vodka tampoco ayudaba; no, no ayudaba.
Y progresivamente la
luz del Lorenzo se alzaba como un rey, majestuoso, que supo hipnotizar a todo
transeúnte, que dicha madrugada pintaba bajo el insomnio, un millón de sueños
en las baldosas y otros tantos esputos entre adoquines.
Pronto las decisiones
bombardearon la resacosa, cansada y náufraga cabeza de Daniela que, tras una
noche divagando por la ciudad, supo que debía hacer frente. No podría abandonar
sus pertenencias ni tampoco dar la espalda a la conversación citada a voces,
sabía que, ya era hora de dibujar una sonrisa y de emborracharse de
positividad. ¿Qué será difícil? Obvio, pero nadie dijo que no lo fuera.
Y fue ahí, dónde una
mujer feliz durante diez años, en una transición de dos segundos se convirtió
en la mujer más desamparada, desdichada y cuidada por la contaminación de la gran
ciudad para luego volver a ser, la misma mujer feliz, pero con diferente
propósito, emprendedora de su propia vida.
Una vez más, perdió la
guerra el “quiso y no pudo”.
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