Dolían sus palabras que
frías y escarchadas dejaban entrever un desdichado te quiero.
Dolían los cigarros que
se consumían sin motivo, ahogando los pulmones de quien supo
y no pudo amar.
Maldito abismo.
Dolía el café de las
cinco y su despojos, que ya habían atendido mil y una súplicas de
dejar de hacernos daño.
Dolían las canciones y
la cerveza, que sin su espuma no sabía igual.
Dolían lo quehaceres y
los muebles de la casa, que crepitaban sin más.
Dolía su fantasma, como
bien dijo Silvio Rodríguez, cantando y llorando al compás.
Y dolían los lugares en
los que sus besos causaron estragos en cada portal.
Dolió, lo comprendí y
lo superé.
Y entonces la conocí a
ella,
conocí el sabor de los
besos,
y vencí la batalla del
corazón hostil,
del querer abrupto.
Esculpí en mi mente su
mirada,
y rogué, cuanto fuera
necesario, a no sé que ser supremo,
que esta vez no se
fuera de mi lado.
Y saboreé nuevos cafés,
cigarros y cervezas,
nuevos portales,
parques y terrazas,
la he querido en la playa y en la montaña,
en conciertos,
recitales y en la cama.
La he querido,
conjugado, la he amado.
Y hoy por hoy la amo
más que nunca.
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